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Que nadie se deje engañar por las postales de playas paradisíacas, puestas de sol, y todo el postureo que se consume en las redes. Relatos de turistas occidentales en resorts todo incluido y tours de agencias de viaje. Si bien estas imágenes que digo apenas alcanzan a hacer justicia a los paisajes, que deleitan las retinas de aquellos que las observan, no hay que olvidar cuál es la realidad de Tailandia. La de una dictadura militar y un pueblo empobrecido, el cuenco de arroz de Asia, que se ha convertido en un parque temático de atracciones y un dispar prostíbulo para muchos viajeros de todo el mundo.

Nuestro particular relato de esta aventura comienza con un sonido y una revelación. El sonido es el del traqueteo de las vías del tren, un tren de combustión, con caldera de carbón, a lo vieja escuela, que avanza a su ritmo, tranquilo pero implacable a través de kilómetros y kilómetros de pantano, selva y arrozales. Un paisaje que se perpetua según pasan las horas en el tren, mirando por la ventanilla abierta, pues el calor y la humedad no tienen piedad en esta tierra. Sin embargo la vida transcurre alegre y ruidosa en el tren, ajena al mundo exterior al vagón, alguien vende refrescos y pollo frito, la gente habla animadamente o duerme consecuencia del calor soporífero. El tren se detiene en la ciudad de Sukhothai. Y es el momento de tomar una ducha.

L a revelación, es la mirada traviesa e indiscreta de la dueña del hostal, una anciana señora tailandesa, que se quedó observando entre sorprendida y risueña mi maltrecho y enjuto cuerpo desnudo en las duchas. Me tomó unos segundos adivinar esa traviesa e indiscreta mirada que me observaba. Pero cuando nuestras miradas finalmente se encontraron, su creciente sonrisa explotó en una sonora y divertida carcajada, libre de toda malicia, corrió a la cocina y desde allí la escuché comentar lo ocurrido en tailandés con sus compañeras. Y desde allí yo, desnudo y sorprendido como me hallaba, escuché el relato y las risas.

Me miré en el espejo, recorriendo lentamente mi contorno, tratando de no perder detalle para descubrir que rasgo acaso habría podido causar esas risas tan espontaneas más allá de mi desnudez. Pero no encontré nada fuera de lugar, todo seguía en su sitio, así que acabé el recorrido donde había empezado. En mi mirada. Y tras unos segundos examinando mis fatigados ojos pensé que definitivamente había sido el inocente y accidental encuentro de las miradas de dos niños, dos niños traviesos e ingenuos, en una situación tan cotidiana como inusualmente cómica, lo que había desatado aquellas risas tan candorosas.

Pensé, que a diferencia de mi en ese momento, quizás ella no se había mirado en el espejo. Y que quizás cuando lo hiciera, esa niña descubriría no sin asombro que su piel estaba adornada por los surcos de sus arrugas, y que su pelo se había vuelto canoso y plateado. Y según hiciese ese amargo e intempestivo recorrido, quizás sin reconocerse en el espejo, contendría el aliento angustiada. Pero al acabar el recorrido donde había empezado. Perdida en el fondo de su mirada. Reconocería aliviada a la niña que no conseguía encontrar en el resto del espejo. La niña de la mirada traviesa. Y el pelo plateado.

Bruno Pastor Díaz, Bitácora de viaje, Verano de 2017, Tailandia.