toros

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No corría ni una brisa de aire entre los asientos de la plaza, un calor sofocante castigaba las gradas de la Real Maestranza de Caballería. Mi primera vez en los toros, un mundo totalmente ajeno a mi mismo y todo lo que me han enseñado. Pero citando a Hemingway en Muerte en la tarde, a los toros hay que ir dispuesto a sentir sin filtros ni prejuicios acerca de lo que es moral o lo que es correcto, más allá de que aquello que me hace sentir bien debe ser moral, y aquello que me hace sentir miserable debe de ser por tanto incuestionablemente inmoral.

El primer toro era una bestia magnífica, pelaje negro como el abismo, desprendía un aura de majestuosidad, vibraba con potencia cada vez que se contraían sus poderosos músculos y se flexionaban sus articulaciones. Así que allí estaba yo, sentado en el duro bordillo, absorto, sin perder detalle, tratando de figurar que significaba todo aquello. Es todo cuestión de significados, lo que representan la noble bestia y el hombre vestido de luces, dictando los tiempos, las normas, la terrible sentencia. Y según sonaba la corneta anunciando el cambio de tercio, llegaba la hora de la verdad.

El toro ya había sido picado, que para el que como yo hasta ese momento no lo supiera, es cuando el jinete le clava la lanza en la parte superior del cuello, con el objetivo de seccionarle el tendón, de modo que el toro “humille” ,es decir, no pueda levantar la cabeza. Ya llevaba colgando las banderillas. Y por último, había sonado la corneta, en ese orden, a un ritmo implacable. A eso me refiero con que todo es cuestión de significados, la corneta no habla la lengua del toro, no debería significar nada para el animal, y sin embargo lo significa todo, anunciando la llegada de la hora fatal. Se hace el silencio en la plaza, el hombre de luces saca la espada del capote y la levanta, la plaza contiene la respiración, el toro carga y el hombre de luces lanza la estocada. Pero falla al clavarla, y el toro emite un sonido gutural, que lejos de ser un gemido pidiendo compasión es más un grito de coraje, el toro vuelve a cargar, esta vez contra otro hombre de luces de la cuadrilla. Carga una y otra vez, desprende coraje, desprende rabia, y también desprende espuma y sangre por el hocico, resistiendo, rebelándose contra el hombre de luces que dicta los ritmos, las normas y la sentencia. Rebelándose contra su inevitable final y resistiéndose a morir en los términos de nadie. El torero ha cambiado de espada y vuelve a dirigirse a la bestia, exhausta pero de pie, con la espada clavada aún en el lomo. Con la segunda saca la primera, se hace el silencio en la grada. Y entonces, en el parpadeo de un ojo, el toro cae en seco, y la gente aplaude en la grada, pero se hace el silencio en la arena.

Y algo se me rompe por dentro, porque el silencio que no puedo escuchar ,que es el de la arena, me hiela las entrañas y empiezo a comprender lo que llevaba intentando figurar todo el tiempo. El vestido de luces, la bestia negra, el sonido de la corneta. No se trata de la romántica victoria del hombre contra los elementos, derrotando a la bestia. Caigo en la cuenta de que la grada que aplaude no ha comprendido bien que representa la función. No se han dado cuenta de que cada uno de nosotros es en realidad un animal sentenciado, rebelándose contra el ritmo implacable de las cornetas y las estocadas que anuncian el agónico final.

Bruno Pastor Díaz, Verano de 2017.